lunes, 22 de junio de 2015

Las musas también mueren

Fue un error constante intentar descubrirte en un espectro de fatalidades vacuas y desesperanzadas, equívoco al fin y al cabo, y tú, tan esquivo, no me informaste de mi desacierto, qué descaro, seguiste jugando a ser verbo imperativo. Vacilé en algún momento, de un instante a otro (aun me pregunto cuándo), y ahora caigo en espiral hacia un abanico de preguntas y posibilidades, ni mucho menos turbias, más extrañas y curiosas que sucias, como en una nebulosa, puro nervio, contingencia.  

Nadie me dijo que las musas también mueren, y la muerte de una musa debería considerarse asesinato, pues aun siendo éstas inmunes al paso del tiempo, perecen sin remedio tras la desidia de su propietario.   


Es extraordinario el arte de matar desdibujando, hasta convertirme en una hoja en blanco. Me aterran las hojas en blanco.

martes, 10 de febrero de 2015

Craso error

No creo que esto sea de recibo, en la cubierta ponía que estaba promocionado, me lo llevé de prestado, sigo pensando que resiste en exclusivo para un grupo acotado. Vaya desgraciados. Pero lo cogí de un impulso y temí frenar cuando sentenciaste tal descaro, así que salí corriendo, zancadas hostiles, para no llegar demasiado lejos.
Todo lo que llevaba en las manos me había caído por el camino.
Ahora ya no hay camino, ni rastro, porque si algo tenía a mi alcance, no existe fuera de sitio.

Y así rompí en novecientos pedazos entera eternidad de esfuerzo,
por querer sostener entre brazos un equilibrio fingido.

Me llamarán cínica si sigo pidiéndote entre ruinas, que obviando el esfuerzo en vano de mis intenciones:
"en las mañanas despiertes regalándome la tranquilidad de tus días, la efusividad de mis noches".

miércoles, 14 de enero de 2015

Algo tierno

A través del tragaluz veo un fulgor que se repite con insistencia, no consigue levantarme. Sigue insistiendo con leves toques de atención, empiezo a pensar que finge ternura, pero no me convence, el destello es lo suficientemente fuerte como para aturdirme toda una eternidad. Recuerdo que es la primera vez en harto tiempo que consigo ser consciente de mi misma. Quizá por costumbre, como un condena que de tan terca se vuelve imperceptible, así la condena se convierte en mi y yo me convierto en ella, así ella toma vida pero de pronto desaparecemos. Empiezo a pensar en qué vida se introdujo, quizás fue en la siguiente, quizás por eso tarde tanto en llamarla.

El día se apaga dejando el rastro de una huella imborrable, y me encuentro la piel marcada, el destello escarifica, un aviso, me doy cuenta; cerremos fuerte los ojos y despertemos silenciosamente, fuera están callados, con el temor de verse reducidos a un mero materialismo físico.

Me levanto al décimo toque de campana, o al decimoprimero, ya no recuerdo el sonido de las horas y puede que ni siquiera amanezca, pero hoy es viernes y hay luna llena, si se aparta el Sol tal vez sí amanece, hoy veré pasar el tiempo, despidiéndose, hasta el próximo sueño.

Dichosos seres que no comprenden el principio de equilibrio y aun así convergen, infinitamente. 
El destino, por fortuna. 

sábado, 18 de octubre de 2014

Redundante equivalencia de un futuro aleatorio.

Cuando una de las mayores amenazas de la sociedad son las enfermedades silenciosas; unas se expanden sin dolor, otras sin supuraciones ni fiebres altas; el sigilo se convierte en plaga, como aquella que padece el mundo adicto a los diagnósticos. Y así, mientras, el declive de la libertad de acción sigue abriéndose camino entre un entero de población que sacrifica el don de la alternativa a cambio de la materialización de la fe. 

El humo de la ciudad combate contra la tragedia, y yo sigo su ritmo, patrones aleatorios y bailes frenéticos que nunca convergen. 
Me preguntaron por qué seguía haciendo el amor, porque no creo en el determinismo. Del mismo modo que me sirvo una taza de café todas las mañanas, me afino la voz en escala de grises, no me gusta el infinitivo para definir acciones, no quiero aflojar ante la opresión de las futilidades. 

Aunque el silencio me atrape, seguiré tomando café compulsivamente y haciendo el amor recién levantada, hasta que alguien me pida prueba de la alienación de alguno de mis instintos, hasta que se demuestre que el equilibrio de mis pasos es mucho más que una suma de casuales. 

Y si la prueba fuese quitarme la vida, moriría en el intento.


domingo, 20 de julio de 2014

Algo quimérico.

Cavilando sobre la hermosa idea de aquello eterno di por asumida, tal vez por imprudente, su existencia. Mantuve el viejo problema en cuyo seno se imposibilita la advertencia de ese conocimiento al alma perecedera, pues si lo infinito es verdadero ningún hombre puede abarcar toda su determinación, dada la naturaleza caduca que amarra al condenado.  

«Maestre, una gran duda me aflige, que me constriñe hasta hacer de mi un hilo ligero enredado justo en el punto álgido de la razón, al final de cada interrogante; qué da nombre a este extraño suceso, siendo tan mortal como lo fui ayer y viendo cada vez más tardía la resolución de lo absoluto» Su consejo, un baño. 

Me detuve a pensar cuál sería la única forma de advertir mi presencia, finalmente me satisfizo la idea de hundir el rostro decúbito supino en agua hirviente y escuchar cómo ralentizaba el pulso. 

Era cierto, estoy vivo mientras muero, fugaz y –a su vez– imperecedero.